Para personas con días atareados o con trabajo temprano, es mucho más beneficioso entrenar muy temprano y, algunas veces, comer a primera hora del día no es lo preferido para muchos, lo mismo puede pasar del otro lado, al llegar del trabajo. Pero, ¿esto podría afectar el rendimiento del entrenamiento?
Los expertos en salud recomiendan comer tanto antes como después del ejercicio.
Para la mayoría de las personas, el equilibrio ideal se alcanza al comer una combinación de carbohidratos y proteínas entre dos y cuatro horas antes de iniciar la rutina. Este margen respeta los tiempos de procesamiento del sistema digestivo. Según explicó a The New York Times la cardióloga Martha Gulati, del Cedars-Sinai en Los Ángeles, este intervalo es crucial para mitigar complicaciones gastrointestinales como el reflujo o las náuseas, permitiendo que el organismo se concentre en el rendimiento y no en una digestión pesada.
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Para la doctora Cecilia Cordova Vallejos, especialista en medicina deportiva de Johns Hopkins Medicine, una comida sólida pre-entrenamiento debe estructurarse sobre tres ejes: proteínas de alto valor biológico como el salmón o el tofu, carbohidratos complejos como la avena o el camote, y grasas de origen saludable presentes en el aguacate o los frutos secos.
Esta tríada asegura una liberación sostenida de glucosa en el torrente sanguíneo, evitando picos de insulina que podrían comprometer la resistencia.
Sin embargo, el escenario cambia cuando el esfuerzo se prolonga más allá de los 90 minutos o alcanza una intensidad elevada. En estos casos, un refuerzo energético unos 30 minutos antes de comenzar puede marcar la diferencia en el desempeño.


































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