La noche del jueves finalizó con un fenómeno astronómico que atrajo la atención de observadores e investigadores en distintos continentes. La luna llena de agosto, tradicionalmente denominada luna del esturión por las comunidades originarias de Norteamérica debido a la abundancia de esa especie en sus ríos durante este período, atravesó la sombra de la Tierra en un eclipse parcial que alcanzó una cobertura del 96% de su visibilidad.
El fenómeno se produjo cuando el planeta se posicionó exactamente entre el Sol y la Luna. Aunque no llegó a ser un eclipse total, la masa terrestre bloqueó casi por completo la luz solar directa. Durante la fase máxima del evento, perceptible antes del amanecer en partes de Europa y en diversos puntos de América, la Luna adquirió un tono rojizo característico.
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Este cambio de coloración responde a un efecto óptico atmosférico. Cuando la luz del Sol atraviesa la atmósfera terrestre, los gases dispersan las longitudes de onda más cortas, correspondientes al espectro azul, mientras que dejan pasar las longitudes de onda más largas, pertenecientes al espectro rojo. Esta luz refractada proyecta un tono cobrizo sobre la superficie lunar que luego se refleja hacia la Tierra.
En regiones como el Reino Unido, el evento astronómico coincidió con un período de temperaturas elevadas que alteró el calendario agrícola habitual, adelantando los procesos de cosecha que normalmente se asocian con el siguiente ciclo lunar de septiembre.
El evento del 27 de agosto marca el cierre de los fenómenos lunares destacados del verano en el hemisferio norte. El siguiente ciclo culminará el 26 de septiembre con la llegada de la luna llena de otoño.


































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