Durante décadas, la atención sanitaria orientada a la población femenina se concentró casi de manera exclusiva en el embarazo y el parto. Sin embargo, la mayor parte de las muertes de mujeres ocurren fuera de la maternidad, un hecho que pone en evidencia las carencias de los sistemas de salud globales.
Aunque la expectativa de vida ha aumentado a nivel general, vivir más años no equivale a vivirlos con bienestar. Las mujeres pasan un mayor número de años conviviendo con patologías crónicas y discapacidades en comparación con los hombres. Esta brecha responde a una tendencia histórica: se prioriza la salud femenina cuando cumple un rol reproductivo, mientras se descuidan las etapas previas y posteriores.
Las brechas geográficas también marcan la diferencia. Dentro de la región europea, por ejemplo, las tasas de mortalidad han bajado desde el año 2000, pero el lugar de residencia determina la longevidad. Quienes habitan en Asia central, Europa oriental y Asia occidental registran índices de mortalidad sensiblemente más altos en comparación con las residentes del norte, sur y oeste del continente, señaló la Organización Mundial de la Salud (OMS) en un reciente informe.
“La salud materna recibe mayor atención, pero la mayoría de las muertes de mujeres ocurren fuera del periodo de maternidad. Las mujeres viven más que nunca, pero no necesariamente con buena salud”, destacó la OMS.
A esto se suma la imprecisión al registrar los decesos. En mujeres mayores de 45 años, la causa de muerte tiene una probabilidad significativamente mayor de ser catalogada como mal definida frente a los registros masculinos. Términos ambiguos como paro cardíaco, fragilidad o causas desconocidas figuran con frecuencia en los certificados. Aunque la longevidad y la convivencia con múltiples dolencias complican la evaluación médica, no explican por sí solas esta disparidad.
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Un sesgo
“La salud de las mujeres se ha estudiado poco y, en muchos aspectos, no se ha entendido bien. Incluso el término “salud de la mujer” se utiliza a menudo como sinónimo de obstetricia y ginecología, aunque la edad reproductiva de la mujer termina en la mediana edad y sus órganos reproductivos constituyen solo una parte de su cuerpo”, señaló un artículo de The New York Times.
Cuando los registros fallan, los datos se distorsionan. Esto altera la planeación de estrategias preventivas, la asignación de recursos para investigación y el entendimiento real de las enfermedades que afectan a esta población.
El problema se extiende a la práctica clínica cotidiana. Distintos estudios confirman que las mujeres enfrentan diagnósticos más tardíos y participan en menor proporción dentro de los ensayos clínicos. El impacto es severo en el área cardiovascular, la principal causa de muerte en ambos sexos, cuyos síntomas suelen manifestarse de forma distinta en el cuerpo femenino y pasan desapercibidos con mayor facilidad.
La violencia de género constituye otro factor de riesgo oculto. Las cifras oficiales suelen subestimar su alcance real debido al estigma social y las barreras para denunciar. Este peligro no desaparece con el paso del tiempo: las mujeres mayores continúan expuestas a abusos psicológicos, violencia de pareja y riesgo de feminicidio a lo largo de toda su vida.
Frente a este escenario, la OMS insistió en la necesidad de transformar el enfoque sanitario hacia una visión que abarque la totalidad del ciclo vital. Esto requiere reforzar la investigación clínica, desglosar los datos por sexo y edad, y precisar los registros de mortalidad para garantizar políticas públicas efectivas.


































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