Esto es lo común: pasar de una red social a otra, saltar portales, todo con bombardeo de información, este comportamiento tiene un nombre técnico en la era digital: doomscrolling. El término surge de la combinación de las palabras inglesas para desastre y la acción de desplazarse por una pantalla. Describe la necesidad aparentemente inagotable de leer malas noticias, un hábito que se consolidó a nivel global tras la crisis sanitaria de la pandemia, y que actualmente está afectando a los más jóvenes.
El cerebro humano está diseñado evolutivamente para prestar más atención a las amenazas que a las buenas noticias como un mecanismo de supervivencia. En el entorno digital, este instinto se convierte en una trampa, potenciada por algoritmos diseñados para mantener nuestra atención fija durante el mayor tiempo posible, y ahí llega el doomscrolling.
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Craig Sawchuk, Ph.D., psicólogo en Mayo Clinic en Rochester explicó que el doomscrolling puede empeorar el estado de ánimo desde varios puntos de vista. “La alteración del sueño hace que no seamos personas especialmente agradables en el trato. Al día siguiente somos menos tolerantes y más impacientes”, afirmó. También deteriora la salud social y aumenta el sedentarismo.
El impacto del consumo constante de malas noticias varía según cada individuo, pero existen efectos comunes que encienden las alarmas de la salud mental. Muchas personas experimentan sensaciones de inquietud, temor, desánimo y aislamiento social tras pasar horas expuestas a contenido trágico en las pantallas.
Diversas investigaciones respaldan estas experiencias cotidianas y asocian directamente esta práctica con un incremento en los niveles de estrés y depresión. En algunos casos, la sobreexposición a las crisis globales a través de internet puede desencadenar manifestaciones psicológicas similares a las del trastorno por estrés postraumático.

































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