Lo que comenzó como una tendencia en el comercio de mascotas exóticas se ha transformado en una de las crisis biológicas más complejas para el sur de Florida. El varano del Nilo (Varanus niloticus), un imponente lagarto carnívoro originario del África subsahariana, ha logrado establecerse con éxito en el ecosistema estadounidense, ganándose la reputación de ser el reptil no nativo más peligroso de la región.
Según los datos más recientes de la plataforma EDDMapS, la presencia de estos animales ha dejado de ser anecdótica para convertirse en una colonización territorial. El Condado Lee encabeza la lista de avistamientos con 1.616 reportes, concentrados principalmente en la ciudad de Cape Coral. Le siguen Palm Beach con 299, Miami-Dade con 76 y Broward con 68, dibujando un mapa de expansión que parece no tener freno.
A diferencia de las iguanas verdes comunes —que son mayoritariamente herbívoras—, el varano del Nilo es un depredador oportunista y feroz. Estos reptiles pueden superar los siete pies de largo y pesar más de 20 libras. Físicamente, se distinguen por sus cuerpos corpulentos de color verde oliva o negro, rayas amarillas en la mandíbula y una característica lengua azul.
Su anatomía está diseñada para la versatilidad: poseen colas aplanadas que funcionan como remos para nadar, garras ganchudas para trepar árboles y una gran agilidad terrestre. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), su inteligencia y adaptabilidad dificultan enormemente las labores de control. “Pueden permanecer bajo el agua hasta 15 minutos y se mueven por los canales como si fueran carreteras”, señalan expertos ambientales.
La Comisión de Conservación de Pesca y Vida Silvestre de Florida (FWC) rastrea el origen de esta invasión hasta el mercado de mascotas. Se cree que muchos ejemplares escaparon de sus jaulas o fueron liberados intencionalmente por dueños que se vieron superados por el tamaño y la agresividad del animal. En 2021, la FWC finalmente clasificó al varano como especie prohibida, pero el daño ecológico ya estaba en marcha.
El impacto en la fauna local es devastador. Al alimentarse de peces, aves, mamíferos y huevos, ponen en riesgo crítico a especies protegidas como las tortugas marinas, los búhos llaneros y el cocodrilo americano. Además, su presencia en zonas residenciales ha generado temor; residentes de Cape Coral han reportado “monstruos” corriendo por sus hogares y cavando madrigueras en sus jardines.
Un futuro de convivencia forzada
Lamentablemente, investigadores de la Universidad de Florida y el USGS coinciden en un diagnóstico sombrío: la erradicación total ya no se considera viable. La población es tan numerosa y está tan bien integrada en la red de canales que la estrategia ha pasado de la eliminación a la gestión y contención.
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Actualmente, las autoridades permiten que estos reptiles sean sacrificados de forma humanitaria en propiedades privadas sin necesidad de permiso. Asimismo, existen programas de captura en puntos estratégicos como la Base de la Reserva Aérea de Homestead. La recomendación para los ciudadanos es clara: no intentar capturarlos. Ante el avistamiento de lo que parece un “pequeño dinosaurio”, la instrucción es documentar con una fotografía y reportar de inmediato a la línea de vida silvestre. Florida enfrenta ahora el desafío de limitar el avance de un gigante africano que llegó para quedarse.


































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