Jheli Vargas Picón, empresaria y manager, ha comenzado a proyectar su nombre en los círculos de la industria del espectáculo en Perú, no por su presencia frente a la cámara, sino por su capacidad para dictar la lógica detrás de ella.
Vargas Picón opera en un espacio que ella misma ha denominado “farándula premium”, un sector que busca alejarse de la improvisación para adoptar un rigor corporativo. Aunque su biografía personal la vincula con Ángel Rafael Quesquén Lino —el productor conocido como Angelito El Corillo—, su trayectoria reciente sugiere una autonomía profesional que desafía las jerarquías tradicionales del medio. Su rol es el de una ejecutiva que diseña el posicionamiento y la viabilidad comercial de proyectos de alto perfil.
La labor de Vargas Picón se desarrolla en la intersección del branding y la logística de alto impacto. Actualmente, lidera una reestructuración de los formatos de presentación junto a Quesquén Lino, enfocándose en la profesionalización de las apariciones públicas y las activaciones de marca. Esta metodología ha atraído la atención de figuras mediáticas de largo aliento, como el exboxeador Jonathan Maicelo.
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Las conversaciones con Maicelo apuntan a una sofisticación de su presencia en eventos corporativos y plataformas de gran alcance, transformando la figura pública en una propiedad intelectual más sólida y atractiva para el mercado global.
Para Vargas Picón, el valor de un artista reside en la precisión con la que se gestiona su imagen frente a los aliados comerciales, no solo en su talento.
La influencia de Vargas Picón se manifiesta en la planificación silenciosa. Fuentes del sector destacan su capacidad para integrar conceptos de marketing contemporáneo en un ecosistema que a menudo se resiste al cambio estructural.































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