Fernando Mendoza se ha convertido en el nombre propio del fútbol americano universitario en Estados Unidos. El quarterback de raíces cubanas fue la gran figura del título invicto de los Indiana Hoosiers y coronó una temporada histórica al conquistar el trofeo Heisman que distingue al mejor jugador de la NCAA. Su actuación decisiva llegó en la final, cuando anotó un touchdown de carrera a menos de 10 minutos del final para sellar la victoria 27-21 frente a la Universidad de Miami.
El triunfo tuvo un fuerte componente simbólico. Mendoza, nacido en Boston pero criado en Miami, regresó a su ciudad para vencer al equipo que años atrás lo rechazó como prospecto. “Es un momento muy especial para mí estar jugando aquí en Miami”, afirmó tras el partido disputado en un Hard Rock Stadium repleto. Hijo de padres cubanos y nieto de cuatro abuelos que emigraron de Cuba en 1959, el mariscal atribuye su éxito a la ética de trabajo heredada de su familia.
Con el Heisman, Mendoza se convirtió en el primer jugador de ascendencia cubana en ganar el galardón desde su creación en 1934. Su impacto también se refleja fuera del campo. Gracias a los acuerdos NIL, su valor comercial alcanzó los 2.6 millones de dólares, según el portal especializado On3 Sports, con contratos junto a marcas como Adidas, Epic Games y Dr. Pepper.
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La final que consagró a Indiana fue la más cara de la historia universitaria, con boletos que superaron los 4.000 dólares en promedio. Tras el título, Mendoza anunció su elegibilidad para el Draft de la NFL 2026, donde es proyectado como la primera selección global, consolidándose como orgullo cubano y fenómeno económico del deporte estadounidense.


































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